con la duquesa de Cleves,
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Elena, y tan nueva Elena,
que ha sido fuego de Frisia,
como la de Troya y Grecia.
Me casé con tan extraños
agüeros, que entre las fiestas
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una bala me voló
las plumas de la cabeza;
y dando a un retrato mío,
que en el arco de una puerta
remataba el edificio
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y miraba a la duquesa,
pasó el lienzo por la gola,
burlando la envidia ciega
toro que piensa que es hombre
cuando en la capa se venga.
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Viví los primeros años
contento y en paz con ella,
que, fuera de su hermosura,
es por extremo discreta,
mirando los dos en ti
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aquella concordia eterna
de la paz de los casados
que los hijos manifiestan.
Mas la mudable inconstancia
de las cosas de la tierra
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trocó en discordia esta paz
y toda esta gloria en pena.
Avisáronme ¡ay de mí!
que Elena tenía secreta
conversación con un hombre
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en mi deshonra y afrenta.
Fuilo a ver, y entrando acaso,
él mismo a voces comienza
a decir que yo venía
a matar a la duquesa.
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Con esto, no sólo el vulgo,
pero también la nobleza
de Cleves tomó las armas,
y me siguieron con ellas.
Tuve dicha en que ya estabas
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en Frisia, y el alma llena
de amor, y el honor de infamia
puse a la venganza espuelas.
Entré abrasando su estado
con grueso ejército, y ella
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me salió al paso, ocupando
del Rhin las verdes riberas.
Vímonos en cierta noche,
y entre los dos se concierta
que, por excusar la sangre,
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si se rompiese la guerra,
por mí saliese un soldado
y otro saliese por ella,
y que si venciese el mío
quedase mi afrenta cierta
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y pudiese repudialla.
Yo tuve tanta soberbia,
que salí secretamente
armado a la honrosa empresa,
sin fiarla de ninguno,
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y aunque presumí que fuera
el primero en la estacada,
ya estaba un soldado en ella
armado de blancas armas,
en cuya celada apenas
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daban lugar a la vista
las plumas blancas y negras.
Las cubiertas del caballo
negras sobre blanca tela,
sembradas de letras de oro
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entre unas dagas y lenguas.
Las letras decían "Mentís",
como que de su inocencia
daba la cubierta indicio,
pero era maldad cubierta.
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Dimos vuelta a la estacada
y, nuestras mesuras hechas,
de la caja al ristre pasan
las lanzas, que al punto vuelan
descalabrando los aires
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y dando los dos en tierra,
huyeron nuestros caballos
y la batalla comienza
a pie con blancas espadas.
Pero ni la mía, diestra,
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ni mi robusta pujanza,
real pecho, heroicas fuerzas,
resistieron mi fortuna,
antes vine a dar, sin ellas,
a los pies de mi contrario,
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en cuyo tiempo nos cercan
los nobles de los dos campos,
y cuando al de Cleves llegan
y le descubren la cara,
ven que es la misma duquesa.
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Dan voces todos y dicen
que ha vencido la inocencia
y que yo estaba culpado.
¡Qué deshonra y qué vergüenza!
Fue tan grande la que tuve
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de ver que una dama tierna,
que una mujer, que a las armas
no obliga naturaleza,
me venciese y derribase,
que, dando a Frisia la vuelta,
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mandé, pena de la vida,
que nadie me hablase en ella.