Peinaba la blanca aurora
sobre los paños del cielo,
1255
con su peine de marfil,
al rubio sol los cabellos.
Iban de sus blancas manos,
entre cristales deshechos
de los ojos de la noche,
1260
los ejércitos huyendo,
cuando en ese monte, armado
de mi venablo, me vieron
las nieves de su cabeza
y de sus pies sus enebros.
1265
Llegué a una fuente que daba,
murmurando y aun riendo,
ocasión a unas pizarras
para quebralle los hielos,
y vi en ella un animal,
1270
que, sobre los pies, corriendo,
con el agua de la varaba,
rastro me dejaba de ellos.
Seguile, alcancele, y dijo:
“Hombre soy”; entonces, quedo
1275
tengo el venablo, que ya
buscaba en la espalda el pecho,
canas, respeto y palabras.
Ábreme una cueva, y veo
difunta su esposa, en traje
1280
conforme al monte y al dueño.
Fuese por no enternecerse;
yo, por mirarla suspenso,
déjole hurtar a mis ojos
la extrañeza de su cuerpo.
1285
La mujer tenía un libro,
aqueste le quito, y veo
que el título es una historia,
causa de mi nuevo efeto.
Refiere que cierto Conde,
1290
pretendiente del Imperio
cuando le adquirió Conrado,
el que agora tiene el cetro,
fue vencido en dos batallas,
pero que, no siendo preso,
1295
andaba entre sus amigos
del Emperador huyendo.
Llegó cierta noche a un monte,
después de varios sucesos,
donde parió su mujer
1300
un niño de extraño aspecto,
porque a quien le bendecía,
con no tener sentimiento,
pagaba en risa los brazos
y en belleza los deseos.
1305
Pero, llegando a esta casa
el César al mismo tiempo,
tomó el niño, y, al mirarle,
oyó aquesta voz del cielo:
“Este te ha de suceder”;
1310
con que, admirado (¡qué ejemplo
de crueldad!), mandó matarle,
que no hay tirano sin miedo.
Llevaron el niño a un monte,
y, por no infamar su acero,
1315
le encomendaron a un árbol
y haberle muerto fingieron.
El Conde dice que anduvo
por estos montes sin seso,
dando a los peñascos alma
1320
para responder con ecos.
Pero como el tiempo tiene
el libro de los remedios,
de las desdichas del mundo
halló la templanza en ellos.
1325
Pero nunca más volvió
a sus Estados, temiendo
la ira de su fortuna
y la del César soberbio.
Allí dice que jamás
1330
se cortó barba y cabello,
ni salió de aquestos montes.
Yo, si no me engaño, entiendo,
por lo que dicen de mí,
que ser aquel mismo puedo;
1335
pero no, que nadie sabe
desde niño hasta mancebo
adónde y cómo he vivido,
y es más cierto haberse muerto
al pie de aquel árbol mismo
1340
o por el sustento, o siendo
la noche homicida suyo
con los filos de sus hielos.
Como quiera que haya sido,
me han dado mil pensamientos,
1345
después que el libro leí,
de levantaros al cielo.
¡Ayuda, así Dios te guarde,
Dorista, mi honrado intento,
que si en las cortes soy algo,
1350
verás qué gallardo vuelvo!
Y que si no eres mi hermana,
con dichoso casamiento,
vivimos los dos los años
que tuviese gusto el cielo,
1355
triunfando tú de mi alma
como yo de tus deseos.