Invicta rey Ludovico,
cristianísimo de Francia,
a cuyo blasón del cielo
un ángel trujo las armas.
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Yo soy una labradora
que salí de las entrañas
deste monte, rudo parto
de sus romeros y jaras.
Albano, un hombre de bien,
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que vivió de su labranza,
fué mi padre, que a lo mismo
toscamente me aplicaba.
Viví llevando a estos prados
una grosera manada
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de ovejas, sin más discursos
que, con la risa del alba,
sacarlas de sus rediles
por cristales y esmeraldas
destas hierbas y estas fuentes,
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y cuando el sol declinaba
al polo por donde dicen
que al mar de otro mundo pasa,
volverlas a que otra vez
aguardasen la mañana.
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Vida que, al nacer en ella,
solo pudiera pasarla
mujer que iguales tenía
el ingenio y las desgracias.
Era sayal mi vestido
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ordinario la semana,
y de algún paño grosero
la fiesta, sayuelo y saya.
Sobre el cabello, que siempre
me cubrió toda la espalda,
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sombrero para los soles
y gabán para las aguas.
Vino el Conde a nuestra aldea,
y, andando una tarde a caza,
como dicen las historias,
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vióme en un prado sentada.
No sé qué le parecí
la crespa melena echada,
con los naturales rizos
que el artificio ignoraban,
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que me dijo, y lo creí:
“Agrádame la villana,
que no siempre a los señores
agradan las cosas altas.”
Dió en venirse cada día
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donde yo segura estaba,
y de un disparate en otro
me puso en locura tanta,
que en un pedazo de espejo
di en mirarme las mañanas,
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más que por verme yo a mí,
por ver lo que le agradaba.
Aconsejóme el cristal,
(¡Qué mal consejo! ¡Mal haya
quien fía en vidro tan débil
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materias de confianza!)
Él, finalmente, me dijo
que me pusiese en la cara
cierto color que me dió
una vecina casada.
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Con esto al campo salía,
de verme querer, tan vana,
que en cualquier fuente del prado
por instantes me miraba.
Ya no dormía de noche;
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que es violencia temeraria
la primera voluntad,
y más tan bien empleada.
Porque cuando yo me vía
una rústica aldeana
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y de un príncipe tan grande
con tan grande extremo amada,
desvanecíme de suerte
que en todo el pecho no hallaba
adonde el alma cupiese,
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tan grande me vino el alma.
Con los regalos del Conde
atrevíme a seda y plata,
y, aunque en traje labradora,
era en los adornos dama.
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En estos medios llamaste
a Enrique, y de la esperanza
de ser rey, le dió un olvido
que fué de mi muerte causa.
Enamoróse de Celia,
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fuí a la corte, y pude hablarla
en hábito de señora,
para decirle que estaba
casado el conde, fingiendo
que doña Sol me llamaba.
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También, señor, te engañé
diciéndote que una hermana
me había forzado el Conde,
para quitarle tu gracia.
Con esto volvió a la aldea,
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que esto del monte no habla;
que dél sale quien le quema
por quemar sus robles y hayas,
sino porque los criados,
o mujeres de una casa,
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como testigos de vista
son los que a los dueños matan.
Estando el Conde en la corte
murió Albano, cuya extraña
y rústica condición
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mi nacimiento ocultaba,
con un papel y una joya
hallé en un cofre una caja.
El papel decía: “Aquí,
del Condestable de Francia,
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llegó Floripes, su hija,
fugitiva de su espada.
Parió del rey Ludovico
a Isabela, que hoy se llama
Narcisa.” Tomé la joya,
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que es este anillo que engasta
esta hermosa flor de lis
de diamantes coronada.
Pero estando yo tan cierta
de ver que al Conde igualaba;
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hija del rey, y su prima,
me dicen que el Rey le casa
porque dió muerte a Mauricio
y por ser en tu desgracia.
Vienen los dos al aldea
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donde yo, desesperada,
poniendo fuego a este monte
pretendí tomar venganza,
creyendo que poco a poco
llegara el fuego a su casa.
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Pero esforzándose el viento
y deteniéndole el agua,
solo descubrió mis celos
y mi esperanza burlada.
Yo soy Isabela, Rey,
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que, como mujer que ama
y que sin saber quién era,
vencida de su ignorancia
y animada del valor
de ser tu hija, intentaba
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lo que has visto y has oído.
No te pido que deshagas
el casamiento de Celia;
pero que si fué la causa
matar el Conde a Mauricio,
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vuelvas, señor, por su fama,
con hacer información;
porque si conmigo estaba
el Conde en aquesta aldea
cuando en la corte a aquel matan,
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no es razón que yo le pierda,
si no es que en tu amor no hallan
ni remedio mis desdichas
ni puerto mis esperanzas.