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Años ha, Fernando mío,
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que, en edad florida y tierna,
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partí de aqueste lugar,
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Roma de Felipe excelsa.
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Felipe, monarca insigne
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de dos mundos, que contempla
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el sol en la cuna de oro,
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y en el sepulcro de perlas.
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Fue la causa haber perdido
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su serenísima Reina
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España, a quien yo serví,
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que quiso el cielo, con ella,
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aumentar número al coro
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de los ángeles, pues era
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de los que adornan el cielo
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vivo retrato en la tierra.
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En la puente toledana,
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aún ahora se me acuerda
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que me dijiste: “Don Juan,
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ruego al cielo que no sean
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estos los últimos lazos,
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ni estas las postreras prendas.”
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Y que al responderos yo,
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os dieron breve respuesta
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las lágrimas en mis ojos,
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y en la posta las espuelas.
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Pues veisme aquí, que os respondo
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que no fueron las postreras;
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ya os vuelvo a dar más abrazos,
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con más gusto y menos pena.
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Llegué, Fernando, a Sevilla,
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ciudad cuyas plantas besan,
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con labios de plata y oro,
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las antárticas riberas;
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desde allí crucé a Sanlúcar;
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troqué por la mar la tierra,
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pasé la barra, por quien
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tantas de las Indias entran.
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Llevaba yo seis vestidos,
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un trencellín, dos cadenas
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y apenas tres mil reales:
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¡qué caudal para esta empresa!
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Vídeme en lo alto un día
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y miré la mar soberbia,
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lejos de la tierra amada,
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y de las estrellas cerca.
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“¡Válgame Dios!, dije entonces.
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¿Dónde voy, o quién me lleva
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por caminos sin señales
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de pisadas ni de ruedas?
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¡Oh, temeraria codicia,
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que hallaste en las aguas senda,
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mesones en las espumas
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y techos en las estrellas!
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¿Es el Norte algún pastor
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que le preguntas si yerra,
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cuando caminas de noche,
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y él, desde lejos, te enseña?
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Con una pequeña aguja
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corres la mar y la tierra,
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dividida en dos pedazos.
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¿Sin pies vas? ¿Con alas vuelas?
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¿Qué llevo a las Indias yo?
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¿Qué terciopelos?, ¿qué sedas?
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Pero llevo pocos años,
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que son la mayor riqueza.”
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No me engañé, no, Fernando,
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pues estuve un año apenas
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en santa Fe de Bogotá,
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cuando una hermosa doncella
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puso los ojos en mí,
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mejor pienso que dijera
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dos estrellas, pues que fueron
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de mi dicha las más ciertas.
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Caseme por caballero,
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¡bien hayan, amén, las tierras
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adonde tiene valor,
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más que el oro, la nobleza!
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Mucho la quise y me quiso;
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diome su padre, con ella,
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setenta mil pesos. ¡Mira
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lo que un casamiento pesa!
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Mil y cuatrocientas veces,
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y poco más de sesenta,
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pasó el sol la mar de España
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para venir a la nuestra,
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mientras los dos nos gozamos,
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quiero decir que con ella
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cuatro años casado estuve,
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que estar de mi patria fuera
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me hizo contar los días,
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no el cansarme de querella.
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Pasó, en fin, a mejor vida,
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y aunque hermosa y Madalena,
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que ansí se llamó, yo fui
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quien hizo la penitencia.
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Fue sobre el parto de un ángel
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que vivió, después de muerta,
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las horas que me bastaron
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para no perder mi herencia.
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Pártome a España, gozoso,
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Fernando, trayendo a ella
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un casamiento de plata,
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mucho peso y poca pena,
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si así son los casamientos,
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no sé cuál hombre se queja,
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pues, después de enviudar presto
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quedé con famosa hacienda.
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Pero apenas por la mar
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venía a la patria bella,
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cuando, entre la Dominica
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y Matalino, se altera.
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Estremécense las aguas,
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y los delfines por ellas
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comienzan a dar indicios
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de la futura tormenta;
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desnudose el sol sus rayos,
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vistiose de nubes negras,
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que, rasgándose, escupían
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granizos entre cometas;
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al son de su artillería,
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la mísera nave tiembla;
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marineros y pilotos
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“¡alija, alija!” vocean.
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Todo lo que no fue plata,
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del mar visita la arena,
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que aun en aquestos peligros
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hay quien la plata respeta.
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Ya el Austro, el Cauro y el Noto
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combaten, en competencia,
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el pobre leño desnudo
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de las jarcias y las velas.
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El ¡larga!, el ¡vira! y el ¡boga!,
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entre las plegarias suenan;
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acomete el Euro el árbol,
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y, con poderosa fuerza,
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chafaldetes y brandales
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por el campo del mar siembran.
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Ya ni de larga amantillo,
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trizas ni escotas se acuerdan,
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ni si babor o estribor
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son manizquierda o derecha;
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ya si siete palmos de agua
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iba la zarlinga llena,
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que, en vez de bombas, los ojos
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con las lágrimas la aumentan.
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En la bitácora estaba
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seguro el piloto apenas;
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la nave, en montes de espuma,
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parece el arca de Armenia…
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Pero ¿para qué te canso?
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La poderosa Princesa
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de Atocha pidió a su Hijo
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que cesase la tormenta.
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Cesó, llegamos a España;
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mañana pienso ofrecella
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el voto en plata y en alma,
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que es el que el cielo desea.