Sancho, mi padre, que hoy vive,
y que mi casa gobierna,
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hacía por estos montes…
(No sé si tenga vergüenza
de hablar en cosas tan bajas
a un hombre de tantas letras,
que es juntar con el brocado
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aquesta rústica jerga;
mas como en camino suele
hablar de un rey la grandeza,
por entretener las horas,
a los que a su lado lleva,
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vos, aunque hidalgo y letrado,
podéis suspender las vuestras
con un villano ignorante,
hasta llegar a Plasencia).
En fin, por los altos montes
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cortaba mi padre leña,
que, encendida en hoyos grandes,
iba cubriendo la tierra,
de donde el carbón sacaba,
que, con tomisas, en seras,
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y con ramos de madroños,
de roble y brezo cubiertas,
yo llevaba a la ciudad:
cuyo trato de manera
la hacienda aumentó mi padre,
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que era señor de su aldea.
Era su padre de Antona
labrador, y en ciertas cuentas
trabé en su casa amistad,
y entrando una tarde en ella,
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vi que jabonaba Antona
en una pila de piedra
las sábanas de su casa.
¡Oh, quién pintarla supiera!
Las mangas de la camisa,
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con dos alfileres presas
al cabezón de los hombros,
dejaban, Leonardo, fuera
un brazo rollizo y blanco,
que, la aljorca en la muñeca,
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parecía que era el mismo
cirio de dorada cera.
Desde el cabezón al cuello
se vían dos blancas pellas
como de esponja de nieve,
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como de helada manteca.
Una cofia recogía
de los cabellos las hebras,
dejando atrás un tranzado
que envidiarle el sol pudiera.
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Labrada estaba la cofia
de pinos y negra seda,
por estar sobre sus ojos,
más altos que las estrellas.
En la garganta un collar
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de azabaches y de perlas;
que era nácar la garganta
y se naciera con ellas.
Daba golpes en la pila;
salía la espuma fuera,
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y aunque eran copos de nieve
me parecían saetas.
No pienso que amor ha herido
ni en las historias se cuenta,
con saetas de jabón
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hombre con alma y potencias.
Díjele, lleno de espumas:
“Ten, hermosa lavandera,
esos arcos de cristal
con que tiras blancas flechas.”
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Alzó la divina cara,
bañada en sangre y vergüenza,
y viendo la negra mía,
dijo burlando y risueña:
“Oí decir que el amor
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se fue a vivir a Guinea;
si de allá venís, no es mucho
que el jabón nieve os parezca.”
Sentíme abrasar el alma;
imprimióme la voz tierna
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en las entrañas, de suerte
que di en olvidar la sierra.
Lavéme luego la cara,
púseme una capa nueva,
jubón, ropilla y calzones,
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compré un sombrero en la feria;
aguardaba los domingos
para mirarla en la iglesia,
con mi camisa colchada:
en cada parte diez trenzas.
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Llegó el día de San Juan;
hice un jardín a su puerta,
y puse, con rojo almagre,
“Mendo, de Antona la bella”.
¡Pardiez!, que me bulle el alma
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de acordarme de la fiesta
en que bailamos los dos
y le di mis castañuelas.
Por abreviar, pues llegamos
a la ciudad, fue tan buena
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mi desdicha, que agradezco
los deseos por las muestras.
Diómela su padre, y luego
nuestras bodas se comienzan
con fiestas, que para mí
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no eran fiestas, sino penas.
En mi vida he visto día
tan largo, ni tan pequeña
noche, aunque no la dormí;
que entre amantes es bajeza.
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Madrugó el alba, envidiosa
de su divina belleza,
y hallóme por un resquicio
entre rosas y azucenas.
Dejó mi padre el carbón;
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murió mi suegro y mi suegra;
si fue dicha, tú lo juzga.
Mudé vida, tengo hacienda,
tengo labranza y ganados,
y aunque, a Dios gracias, no tenga
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necesidad, todo es poco,
pues no puedo hacerla reina.
Pero lo que no le doy
en oro, granas y telas,
le doy en alma y regalos,
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joyas de mujer que es buena.