Hoy castiga la mano vengativa
al fiero Enrique, y el honor abona
de aquel ejemplo de virtudes tantas
que pisa estrellas con doradas plantas.
Veinte veces el sol los paralelos
al celeste zafir corrió, y la tierra
vistió de flores y de helados hielos
desde que dieron a tan justa guerra
cruel principio tan injustos celos
de un ángel que en oculto mármol cierra
su indigno esposo, de quien hoy alcanza
su inocencia justísima venganza.
¡Angel muerto por mí, por mí culpado,
mira cómo te vengo del Rey fiero,
arrepentido de llegar turbado
al rostro de quien ya perdón espero!
Si entonces te ofendí, ya te he vengado,
con firme amor, que fue mi amor primero,
si no es que mientras tiene Enrique vida
estás de mis agravios ofendida.
Tú vives, que jamás tendré contento
ni mis armas descanso hasta vengarte.
Tu muerte agora, como entonces, siento;
tu imagen se me ofrece en cualquier parte.
Veinte años, con tan justo pensamiento,
de tierno amor me has convertido en Marte,
pues por vengarte a ti los he pasado,
Leonor divina, en la campaña armado.
No he querido casarme, ni he querido
descansar en mi tierra sola un hora
por ti, cuya memoria no ha perdido
mi alma ausente, que la tuya adora.
Leonor, si estás vengada, al cielo pido
que donde vives te acompañe agora,
que allá, pues no he podido merecerte,
aunque le pese al Rey, tengo de verte.