Si el cielo, ilustres varones,
honor y gloria de España,
escuchara nuestros ruegos,
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oraciones y plegarias,
nosotros del gran Marqués,
y él de sus armas gozara;
mas no quisieron los hados
y la inexorable Parca.
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Y pues ha llegado el día
en que se han de dar sus armas,
¿a quién es bien, sino a quién
si él viviera las dejara?
Todos sabéis que el marqués
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conmigo comunicaba
sus secretos pensamientos,
¡hasta las cosas del alma!
No las diera al que las pide.
Y aunque es loco en la demanda
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y yo tenga la elocuencia
que os ha servido en mil causas,
Dios ayude a cada uno.
Y si él de noble se alaba,
lo que no sé, no lo niego,
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si porque él lo diga, basta.
Si él no es bueno, ¿qué le importa
preciarse de hazañas tantas?
El ser yo bueno, señores,
es la luz de mis hazañas;
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mas, pues se alaba de noble,
también yo quiero alabanza.
Juntas de Urbina y Mendoza
muestra Vizcaya las casas.
Si a la Mendoza dio el cielo
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los señores que la ensalzan,
ahora por mí a la mía
los dará al cielo Vizcaya.
No es menos gloria el ser yo
el primero de mi casa,
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pues ser postrero en la suya
le da a Paredes ventaja.
Si la antigüedad es noble,
porque a Extremadura alaba,
y, tierra ganada ayer,
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con Vizcaya la compara,
yo no quiero mayor prueba
que la que él dice en mi causa,
pues con lo que más me honra
piensa él que más me daña.
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Yo vine un pobre escudero
a Italia, y tengo, a Dios gracias,
veinte mil y más ducados
de renta, honrosa ganancia.
Si el ser yo escudero y pobre
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me da Paredes por falta,
él, que se alaba de ilustre,
¿cómo no tiene unas calzas?
Esto es porque no piense
con sus fábulas pasadas
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querer las armas por noble
cuando tantos nobles callan.
Que si eso fuera, el Marqués
del Basto las heredara,
el grande Antonio de Leiva
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o algún Henríquez o Lara.
Mas pues hoy entre los dos
está puesta la demanda,
oídme, aunque en propia boca
la alabanza ofende y cansa.
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Después que a Italia pasé,
aunque él me afrenta, se engaña,
por escudero de aquel
que Gran Capitán se llama,
en el desafío de once,
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por su mano, en la estacada
me metió, donde los tres
maté a los ojos de España.
Echome al cuello sus brazos
y diome su mesa, en paga
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del servicio que le hice,
y quiso llevarme a España.
Y pluguiera a Dios que fuera,
pues quedándome en Italia
por pobreza, los dos fuimos
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alabarderos del Papa,
que el delito del capeo
parece cosa excusada
por los noble compañeros
Zamudio, Poncio y Villalba.
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¿Y quién culpara al león
que el gamo con hambre caza,
ni al extranjero que quita
la capa, estando sin capa?
Y eso que él dice que hizo
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cuando tiraba a la barra,
¿cómo lo cuenta sin mí,
que fui toro de Jarama?
El romano que serví
hízome merced con causa,
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que le defendí de seis
que en el suelo le mataban.
Y esto tengo por honor,
que sus cosas temerarias
son locuras y no valor,
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no de hombre, de tigre hircana.
Yo por mi Rey solamente
he puesto mano a la espada,
por mi amigo y por mi honra,
cuando alguno me la agravia.
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Lo que dice de Salcedo
que corté el brazo, no carga
mi opinión, pues todo el campo
me libró y se puso en arma.
Y en el llamarme cruel,
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como ignorante se engaña,
pues que di muerte a un traidor
y a una mujercilla ingrata.
El que sus afrentas vengue
y satisfecho se halla,
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¿cómo le afrenta el castigo
si le libra la venganza?
El que dicen que le han dicho
muchos que miente, en sus barbas,
si se ha vengado, me diga
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por qué afrentado se llama.
Y dígame por qué efecto
cuando con su mujer casta,
que lo fue, por Dios, señores,
iba a acostarse en la cama
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ponía una daga siempre
debajo de la almohada;
y después, con un montante
furioso se levantaba,
tirando, por darle miedo,
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mil reveses por la cuadra.
Castigar a los culpados
no es crueldad, como él me infama,
pues por miedo del castigo
tanto respeto me guardan;
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que en San Tiau, yendo huyendo,
una voz, una palabra
volvió la gente a sus puestos
y esperaron cara a cara.
Esto es el ser capitán,
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y no la infame arrogancia
con que con trescientos hombres,
estando en una emboscada,
dijo, viniendo tres mil:
“Si de los que me acompañan
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fuera cual yo cada uno,
tantos a tantos estaban,
porque yo valgo por diez,
y así, tres a treinta igualan.”
A quien respondió un soldado,
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natural de Salamanca:
“No hay aquí quien, como tú,
por diez y diez mil no valga”.
Y acometiendo con esto,
perdió el seso y la batalla.
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Esto retó Palomino,
y en esto le hago ventaja,
que por loco no le fían
lo que a mi cordura encargan.
¿Quién en Génova y Marsella
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arremetió a la muralla?
¿Quién mató cuatro franceses
que a Ortuño desvalijaban?
¿A quién el Emperador
ha escrito ahora una carta
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diciendo que ver desea
de Juan de Urbina la cara?
Ponga con aquestas cosas
Paredes aquella tranca
con que echó en el fuego en Coria
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los rufianes y las damas,
Esa bestial valentía,
que yo, no solo con armas
venzo, mas con el consejo,
ingenio e industria rara.
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Soy soldado e ingeniero:
hago fosos, trincheras, cavas,
busco sitios, bastimientos,
por mí se mina y se asalta.
Conmigo trató sus hechos
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el gran Marqués de Pescara,
quien me dio su propia renta,
mejor me diera sus armas.
Yo no digo lo que he hecho
en la rota de Novara,
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ni defendiendo a Milán,
ni prendiendo al Rey de Francia,
que ojalá que estas nos dieran
ganándolas en campaña,
aunque era deshonra mía
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medir contigo mi espada,
porque a quien un zapatero
osó decirle en su cara
que con él se probaría,
otro zapatero basta.
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Suplícoos, nobles señores,
juzguéis con piedad mi causa;
dadme estas armas a mí,
si queréis bien emplearlas,
que si yo no las merezco,
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cuelguen con espada y lanza
en un templo, para todos
y por honra de su fama.