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Yo llegué, Casandra mía,
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a cierta casa de juego,
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donde hallé conversación
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seis o siete caballeros.
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Rogáronme que jugase;
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jugué por entretenerlos,
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que, por no darte disgusto,
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ha días que ya no juego.
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Gané quinientos escudos,
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enviaron por dineros,
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dije que yo volvería,
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mas fue por librarme de ellos.
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Con el gusto de ganar,
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que es dulce cosa, en efeto,
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bajé a la calle del Prado
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libre de tal pensamiento.
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Vuelvo el rostro y veo tras mí
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venir tres hombres de aquellos
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que miran, juzgan y asisten
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en semejantes sucesos.
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Todos tres, con falsa risa,
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quitándose los sombreros,
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me dan, del haber ganado,
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mil parabienes diversos.
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Yo, con igual cortesía,
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sin cubrirme, lo agradezco;
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mas ellos me hacen cubrir,
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y así me dice el más necio:
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“Vuestra merced nos dejó
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de su valor satisfechos,
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y así a servirle venimos,
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y en toda ocasión lo haremos.
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Ahora vamos a ver
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ciertas damas, sin dineros;
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vuestra merced nos los preste,
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que a la noche nos veremos”.
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“Nunca doy de lo que gano
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–respondí a los tres riendo–,
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fuera de la mesa o casa
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adonde otras veces pierdo.
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Allá nos podremos ver…”
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Mas ¿por qué te canso con esto,
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pues se resuelve en que juntos
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mano a la espada pusieron?
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Tíranme todos, reparo,
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allí caigo, allí me tengo,
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que adonde el ánimo sobra
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suelen faltar el aliento.
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En fin, los tres me mataran
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si no llega un forastero,
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ángel de mi guarda entonces,
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y por milagro del cielo.
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No sé yo cómo te pinte
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este gallardo mancebo,
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su galán vestido y talle,
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su brío, su airoso cuerpo,
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con la gracia que la capa
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en el brazo revolviendo,
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sacó la espada y me dijo:
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“¡Ánimo, hidalgo, y a ellos!”
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Cumplió las obligaciones
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tan bien de ser caballero,
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del talle, brío y las galas,
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que aunque lo posible hicieron
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los tres con mucho valor,
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si hay valor en tales pechos,
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quedó la calle por él
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y las espadas volvieron.
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Cuando le quisiera dar
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debido agradecimiento,
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veo venir la justicia,
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envaino y la calle dejo.
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Diera, Casandra, mi hacienda;
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diera, si tuviera, un reino
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por saber quién era el hombre
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y servirle como debo.
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Y ¡vive Dios! que he de hacer
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tanta diligencia en esto,
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que le he de hallar y traerle
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donde conozca que tengo
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sangre noble que le dar,
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porque esta vida no puedo
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decir que esta vida es mía:
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después de Dios se la debo.