Llegué víspera del día
que la más valiente obra
que hizo Dios por su amor,
celebra, Laura, su esposa.
1715
Entré en Palacio, y no pude
hablar a don Juan a solas,
que los porteros y guardas,
puesto que le vi, me estorban.
Acordeme entonces, Laura,
1720
que con la más poderosa
Majestad, en todo tiempo
cualquiera pobre negocia,
que es ver un Rey como Dios
abiertas las puertas todas
1725
para cuantos van y vienen,
sin que de nadie se esconda.
¿Dirás tú que cómo habla
un rústico de estas cosas?
Amor me ha enseñado, Laura,
1730
que labra las piedras toscas.
Después que al monte veniste,
hasta las almas son otras,
y no es mucho, si eres cielo,
que nuevas almas nos pongas.
1735
Mucho ganan los que tratan
con sabios, Laura dichosa;
que enseñan los que no saben,
y a los que saben mejoran.
Amaneció, finalmente,
1740
desterrando negras sombras,
bañada en jazmín del día
la blanca y rosada aurora.
Acordeme entonces, Laura,
cuando de tu humilde choza
1745
sales a dar luz al día,
y al campo menudo aljófar.
Porque he visto yo tu pie
volver maravillas rojas
los más humildes vallicos,
1750
inútiles amapolas.
Juncia, espadaña y mastranzos
servían al suelo de alfombras;
de telas y terciopelos
toda ventana se entolda.
1755
Por sus cercos adornaban
naranjos con verdes hojas,
entre cuyo azahar pendían
ya limones, ya toronjas.
De las damas de Sevilla
1760
mil serafines asoman,
donde la hermosura y gala
compiten artificiosas.
En mirar calles, ventanas,
altares, paños, historias
1765
y pinturas que adornaban,
se me pasaron dos horas.
Al salir la procesión,
las altas campanas tocan,
en un pirámide puestas,
1770
que con los cielos abordan.
Yo pensé que se venían
de su máquina redonda
los dos polos a la tierra,
que así tocaban sonoras.
1775
Atabales y trompetas
alegremente pregonan
que sale en público el Rey
en su dorada carroza.
Púseme sobre las gradas,
1780
de donde todos me arrojan,
porque un pobre mal vestido
en cualquiera parte estorba.
En fin, subido en dos piedras
veo con solemne pompa
1785
la ordenada procesión,
que las dos márgenes toma,
acompañar con gigantes,
las andas de san Cristóbal,
santo que supo ensanchar
1790
las puertas del cielo angostas.
Los gigantes, que parecen
a personas perezosas,
que otros los llevan y arriman
adonde se les antoja.
1795
Luego varios estandartes
al aire manso tremolan,
jugando en los tafetanes
oro, cordones y borlas.
Tras ellos, en sus lugares,
1800
las cruces de las parroquias,
adonde la competencia
hizo invenciones curiosas.
Discurriendo a todas partes,
las danzas pasan y tornan,
1805
ya de galanes y damas,
y ya de moros y moras,
con lazos, con troquelados,
con palos que nunca aflojan,
invención original
1810
de las danzas labradoras.
Tras estos, otros venían,
que con las espaldas rotas,
vestidos de lienzo y randas,
luces más menos costa.
1815
¡Buena gente para amigos,
que danzan a todas horas
con las caras descubiertas,
sin máscara de lisonja!
Luego vi, Laura divina,
1820
las Órdenes religiosas,
con sus cruces y sus capas,
que de mil historias bordan.
Los canónigos también,
y el santo Arzobispo, forman,
1825
con la demás clerecía,
Laura, una triunfante Roma.
Aquí la música deja,
puesta en concertada solfa
la castellana poesía,
1830
la región del aire absorta.
Con varas de plata y oro,
los Veinticuatro, señora,
con un paño de brocado,
entre mil blancas antorchas,
1835
llevaban el edificio
de la divina custodia,
arca del Cordero santo,
pasto, pastor, altar y hostia.
Venía el feroz don Pedro
1840
con una encarnada ropa,
de leones de oro bordada,
que armiños blancos aforran.
Un cirio en la diestra mano,
y en la otra una espada corta,
1845
una gorra de Milán
con dos plumas, blanca y roja.
Grave y valiente el semblante,
pálido el color, la boca
cubierta de poca barba.
1850
Visto le has, las señas sobran.
La majestad en los ojos,
la grandeza en la persona,
diciendo que solo a Dios
puede ser que reconozca.
1855
Cerca de él, entre Toledos,
Guzmanes, Laras, Mendozas,
Velascos, Girones, Cerdas,
Enriques, Cárdenas, Rojas,
Padillas, Zúñiga, Osorios,
1860
con Sandovales y Borjas,
Córdobas, Cabreras, Silvas,
Pimenteles y Cardonas,
venía don Juan bienquisto,
pues el aplauso me informa.
1865
Busquele esta mis noche,
sucediendo al sol la sombra.
Hallele triste, suspenso;
dile tu carta y leyola,
y por respuesta me di[j]o,
1870
entre mil tiernas congojas,
que él vendría a verte, Laura,
que es mucho en palabras pocas.