En una ciudad famosa,
que de las puertas de España
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debe de ser la mayor,
si no me engaña la patria;
soberbia, de insignes muros
y de torres coronada;
tiene la mar por espejo
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y por cadena sus aguas;
con rojos corales besa
las arenas de sus plantas,
que en vez de conchas de Tiro
la ciñen de roja grana;
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nací de un príncipe en ella,
cuya corona levanta
un monte que en las estrellas
forma la cabeza sacra,
desde cuya altura pueden
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escribir letras doradas
con el Sol los que le habitan
entre peñas solitarias.
Todo esto te digo ansí,
porque me importa que hagas
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de quien soy, si bien quien digo,
imaginaciones varias.
Tuve un hermano mayor,
que el principado heredaba,
hombre de valientes partes
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para toda heroica hazaña.
Tenía un privado amigo,
que por todo extremo amaba,
discreto y poco prudente,
naturalezas contrarias;
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tenía pocos amigos,
y el tenerlos le importaba;
que es alta razón de estado
hacer bien con la privanza.
Servía yo donde digo
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una bellísima dama,
la más gallarda hasta verte,
que después no fue gallarda.
Merecí favores suyos,
ya sabes tú los que pasan
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entre amantes que comienzan
del amor historias largas;
y si no lo sabes, Celia,
ya fuego, ya nieve helada,
ya sabes que se da mano
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después de juntar las cartas.
Esto solo honestamente,
porque fue sangre tan alta,
que con solo el casamiento
pudo Rugero igualarla.
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¿Quién duda que lo creerás,
si te detienes y amas,
que la gravedad enfría,
tal vez cuanto amor abrasa?
Vio aquel hombre que refiero
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esta dama una mañana
de San Juan, que al mar salía,
sirena de mis desgracias.
Pareciole bien, siguiola,
y supo de las criadas,
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que en otro coche venían,
lo que del dueño ignoraba;
que el honor del casamiento
poco los secretos guarda,
porque a todos les parece
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que la pretensión es santa.
No me guardó aquel respeto,
que yo, Celia, le guardara
con ser yo mejor, que, en fin,
era su soberbia tanta.
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Solicitó con paseos
la voluntad y la casa,
para ninguna halló puerta,
todas las halló cerradas.
Venía yo a verlas, triste,
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cuando ya la noche estaba
en su tribunal de estrellas
juzgando amorosas causas;
hallábale allí, y quería
defender las que me daba,
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pero traía a mi hermano
pasa su defensa y guarda.
Por no darle pesadumbre,
no osaba sacar la espada,
porque la sangre mayor
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es excepción de las armas,
y porque también sabía
que luego que la sacara
había de ser mi hermano
el primero en la venganza.
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Con esto, yo me volvía
siempre la espada en la vaina,
la cólera en la razón
y el agravio en las entrañas.
Viendo, Celia, mi enemigo
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resistencia tan honrada,
juzgando por imposible
poder jamás conquistarla,
bárbaro, remite a fuerza
lo que oro y amor no alcanzan,
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y con una amiga suya
concierta que a la mar vayan.
Sale un barco, que pudiera
llevar la Europa en sus alas,
más engañoso que el toro
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manchado, a velas y jarcias.
Entra la dama inocente,
el barco a la mar se alarga,
hacen que espere a la noche,
la noche a su ruego baja,
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y cuando ya las tinieblas
eran de las aguas capas
tan oscura que las luces
del cielo aún no retrataban,
llega el traidor, vuelto moro,
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en una turca fragata,
y le dicen que se rinda;
abordan con algazara.
Sacan la dama del barco,
y a la fragata la pasan,
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donde en la popa la fuerza,
sin luz, sin piedad, sin alma.
Con esto al barco la vuelven,
y el barco aborda a la playa,
ella muerta, y el traidor
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se disimula y disfraza,
pero siendo conocido,
aunque él no lo imaginaba.
Ella me cuenta el suceso,
con más perlas que palabras;
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yo salgo furioso y loco,
y aunque ella me importunaba
que no vengase su agravio,
por no lastimar su fama,
pues había monasterios
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donde pudiese cobrarla,
busqué al tirano, y matele,
justa y forzosa venganza.
Aquí mi hermano imagina,
porque furia desatada
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del infierno, con la suya
es comparación muy baja.
Murió mi padre de pena.
Yo, en viendo, Celia, que estaba
con el laurel en la frente,
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perdí toda la esperanza.
Dejé la patria, y con Fabio
solo, por el mar de Italia
llegué a Sicilia, y llegué
a ser tu esclavo en tu casa.
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Seis años ha que te sirvo,
sin que sepan en mi patria
dónde estoy, ni tú quién soy,
aunque ser tu esclavo basta.