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Ilustrísima Diana,
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hasta ahora, de estas selvas
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humilde honor, aunque grave,
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como está el oro en la tierra:
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Octavio, duque de Urbino,
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señor, como sabes, de esta,
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por falta de sucesión,
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trujo, de su hermano César,
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a su sobrina Teodora,
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hermosa como discreta,
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a su Estado y a su casa,
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(Estadme, por Dios, atenta,
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que no entender los principios
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hace obscuras las materias).
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Siempre se pensó en Urbino,
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que fuera Teodora bella
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su heredera (claro estaba),
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pues le tocaba tan cerca.
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Así Teodora vivía,
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y de estos estados era
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señora, y espejo al duque:
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se estaba mirando en ella.
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Servíanla pretendientes,
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príncipes, Parma, y Plasencia,
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Ferrara, Mantua y Milán;
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pero con menores fuerzas
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y mayores esperanzas
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(como quien sirve en presencia),
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dos caballeros de Urbino:
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Julio y Camilo, a quien ella
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cortésmente entretenía,
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con inclinación secreta:
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a Julio; o por más galán,
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o por más conforme estrella.
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En estos medios, Diana,
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la inexorable tijera
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de la Parca cortó el hilo
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al duque, en años cincuenta.
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Lo que la muerte descubre,
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lo que muda, lo que trueca
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en cualquier Estado o casa,
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bien lo muestra la experiencia.
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Así fue en esta ocasión;
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que en su testamento deja
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declarado el duque Octavio,
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que tiene en aquesta aldea
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una hija natural,
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que nombra por heredera.
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Abriéndose el testamento,
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Teodora sin alma queda;
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Julio, sin vida, y Camilo,
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con esperanza más cierta,
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que será señor de Urbino,
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si viene por quien le hereda,
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pues Teodora no le amaba,
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y aunque recatadas muestras
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al fin, le amaba, que Julio
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estaba más en su idea.
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Con esto, hermosa Diana,
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toda la corte se altera,
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y en dos bandos se divide
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con tal porfía, que llegan
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a escribir leyes las armas,
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y hacer derecho la fuerza.
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Pero entrando de por medio
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las canas de la nobleza,
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vencen la furia a Teodora
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y la juventud se sosiegan.
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La legítima señora
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buscar, alegres decretan,
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y dan el cargo a Camilo,
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que ya se llama, o lo sueña,
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duque de Urbino contigo;
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porque hasta esperar sentencia
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de algunas dificultades,
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quiere Julio que pretenda
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su Teodora, aunque entre tanto,
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Diana, a la corte vengas.
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Yo, que en servicio del duque,
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con poca nobleza y renta,
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nací en humilde fortuna,
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tanto, que me ha sido fuerza
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valerme del buen humor,
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para los señores, puerta;
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aunque no falto, Diana,
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de alguna virtud y letras,
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respetando aquella sangre,
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que del duque muerto heredas,
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vine, no a pedirte albricias
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del parabién de que seas
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duquesa de Urbino, cuando
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eco de estos montes eras,
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sino para que el peligro
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a que te llevan, adviertas
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entre tantos enemigos,
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sin que nadie te defienda.
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Porque Camilo no es justo
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que tu persona merezca,
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donde príncipes tan grandes
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estos Estados desean.
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Teodora y Julio, ¿quién duda
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que, al paso que te aborrezcan,
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han de pretender tu fin
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con injustas diligencias?
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Mira el peligro en que estás
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y si es menester que tengas
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en tantas dificultades
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entendimiento y prudencia.
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Perdóname que te diga
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que examinarte quisiera,
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puesto que el buen natural
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tales imposibles venza.
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Pero ya con los caballos
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el estruendo de las selvas
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me avisó que, los que vienen
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en tropa, a buscarte llegan.
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No me puedo detener,
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que no quiero que me vean
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por ver si puedo después
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servirte allá sin sospecha.
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Dios te libre de traidores;
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tu justicia favorezca,
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tu buena dicha asegure
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y tu inocencia defienda.