Cáigase la casa toda.
¡Plegue a los cielos, Leonelo,
que, de sus colunas rota,
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cuanto dentro vive entierre
por que entierre mi deshonra!
¿Hay algún hombre nacido
que en tierra o mar procelosa
en una noche haya visto
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tantas desdichas y sombras?
¿Qué tempestad por el mar,
cuando se atreven las olas
cara a cara a las estrellas
que van por las aguas locas
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las cuerdas de los navíos,
racamentas, trizas, trozas,
aflechates y brandales,
cables, gúmenas, maromas,
entre las voces confusas
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del amainar da a la bomba
hasta que Santelmo viene
a apaciguar la zaloma,
ha dado tanto tormento
en la Bermuda espantosa
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al mísero navegante?
¿O sobre una tabla angosta
flutuar entre las aguas
la nave deshecha en rocas?
¿Cuál pastor se ha visto ansí
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en noche tempestüosa,
tronando la artillería
del cielo por largas horas,
con mil culebras de fuego
que por momentos azotan
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el aire caliginoso,
hasta que por nubes rojas
asoma el sol la cabeza,
de sus diluvios paloma?
¿Qué enfermo con frenesí
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cuando las fuentes sonoras
le están poniendo a los ojos
las arenas bulliciosas?
¿Qué preso, la noche misma
que ha de morir al aurora,
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sube en su imaginación
la escalera de la horca,
como yo ¡triste!, Leonelo,
mar, tierra, prisión, congojas
en una noche me cercan?