En esta ciudad famosa,
de tantos ingenios patria,
que con república libre
es tan célebre en Italia,
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hubo dos linajes nobles,
que su grandeza ilustraban
con mil notables varones
por las letras y las armas:
de Montanos era el uno,
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sangre antiquísima y clara,
y el otro de Salinuenes,
gloria y honor de su patria.
Quiso la varia fortuna
que se trazase una caza
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entre los más principales
destas dos ilustres casas.
Gallardos salen al campo,
que a competencia se a[r]maban
de plumas y de colores
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e instrumentos de Diana;
los caballos, de ligeros,
con adornos de oro y plata,
ser ciervos y no caballos
por el monte imaginaban;
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los perros, de mil colores,
saltando la yerba ensartan
perlas de blanco rocío
en las agudas carlancas.
Todos gritan, todos corren,
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como al darse una batalla
los soldados acometen
al son de trompas y cajas.
Matan un ciervo tan grande
que la cabeza enramada
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veinte y dos puntas tenían,
y allí entre todos le acaban.
Comienza luego entre todos
una cuestión ordinaria
sobre qué perro, y quién
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fue dueño de aquella hazaña,
y, sobre decir los unos
que era el lebrel de su casa,
y contradecir los otros,
vienen a malas palabras,
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de palabras a las obras,
pues, sacando las espadas,
más ha de veinte años, Fabio,
que no se han vuelto a las vainas.
Allí murieron algunos,
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luego los amigos tratan
de seguir a sus amigos,
y la ciudad desdichada
se divide en bandos toda,
matan hombres, queman cajas,
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destruyen campos y haciendas,
las calles en sangre bañan.
La familia Selinuena
venció la parte Montana
porque fue más poderosa
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y fuerte que la contraria;
mataron al padre mío
un Viernes Santo en la plaza,
porque apenas tales días
su privilegio gozaban;
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Constancio, un hermano mío,
con las dolorosas ansias
de ver en su sangre envueltas,
Fabio, las paternas canas,
con algunos deudos suyos
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hizo tan crüel venganza,
que el corazón del traidor
comió sin llegar la Pascua.
La ciudad, y el magistrado,
puesta aquella noche en arma,
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quiso hacer un gran castigo
en las dos sangres tiranas;
mi hermano se puso en cobro,
y al dejar su amada casa
tropezó conmigo (¡ay cielos!,
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¡cuán tiranamente me ama!),
y mirando que yo sola,
que soy mujer...