Habiendo en la mar perdido
mi esposa y divina prenda,
que hasta que reinó en mi alma
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era de Galicia reina,
mil aventuras extrañas
por ciudades y por selvas
me sucedieron, buscando
la adorada causa de ellas.
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No fue menor, entre muchas,
que una mañana serena,
al tiempo que el sol sacaba
de la mar sus rubias trenzas,
vi un caballero gallardo,
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cuya dama entonces era
una imagen de la muerte,
una fea e inútil vieja.
Hundidos los tristes ojos
en dos crueles cavernas;
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la nariz sobre la boca,
que llegaba a las orejas.
No tenía más colmillos
un jabalí, que se muestran
en las encías, que guardan
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la más mentirosa lengua.
Las quijadas se juntaban
con mil arrugas y quiebras,
que con ser la nariz grande,
pudiera esconderse en ellas.
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Chica y vellosa la frente,
con unas bestiales cerdas,
para mayor fealdad,
a trechos blancas y negras.
Burleme del caballero,
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y sintiolo de manera,
que hubimos de hacer batalla,
satisfacción de su afrenta.
Venciome, y siendo vencido,
se descubrió la cabeza,
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en que vi un rostro de un ángel,
cubierto de rubias hebras.
Supe como era Marfisa,
consolando la vergüenza
de ser de mujer vencido,
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que de Marfisa no es mengua.
Llevar la vieja me manda;
yo, para mi mal, llevela
donde en largas aventuras
supe su historia y sus quejas;
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que decirte su principio
sus maldades y quimeras,
era, dejando mi historia,
ocuparme en las ajenas.
Allegando a un monte un día,
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oyendo mil voces tiernas,
nos apeamos, y vimos
el que las daba en la tierra.
Contome que Bradamante
le dio muerte; fui tras ella,
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dejando en guarda aquel ángel,
visión de su muerte fiera.
No la hallé; volví al difunto,
a quien, robando la vieja,
volvió conmigo al camino,
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del hurto y joyas contenta.
Apenas la oscura noche
se coronaba de estrellas,
cuando entré por el castillo
de Altariva, a legua y media.
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Acosteme descuidado,
y oyendo la vil Medea
pregonar que el duque Anselmo,
que era señor de la tierra,
daba cantidad de oro
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por la vida o la cabeza
del matador de su hijo,
que hallamos muerto en la arena,
le fue a decir que era yo,
codiciosa y avarienta,
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el que mató a Pinabelo;
y el Duque vengarse intenta.
Entró el pueblo todo armado
donde estaba mi inocencia
soñando en mi bien perdido,
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que los tristes el bien sueñan.
Prendiéronme, y conducido
al duque Anselmo en cadenas,
fui a la muerte sentenciado;
aquestas guardas me llevan.