ASCANIO.
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¿Hase visto en el mundo un pecho mísero
combatido jamás de tales ansias,
ni en el ardiente Etiopia o fría Citia
un hombre ajeno de razón tan bárbaro?
¿Por qué me acompañáis, armas inútiles
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si no es para volver el temple rígido
al corazón y pecho pusilánimo
de quien en ocasiones tan legítimas
no sabe aprovecharse de la cólera
y entonces tiene el corazón más tímido
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cuando le abrasa más el fuego cálido?
¡Oh Ismenia, Ismenia hermosa y ingratísima!
¡Alma cruel, en la hermosura angélica!
¿Adónde están mis esperanzas frágiles?
Pero fundelas en tus fuerzas débiles,
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que fue fundar sobre el arena máquinas.
¿Qué fuego es este que mi sangre y médulas
abrasa tan cruel y velocísimo,
que en ese mismo punto están mis nervios
como cuelgan del hielo los carámbanos?
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Marchito el corazón, y el color pálido;
en las entrañas tengo vivos áspides
y entre los ojos todo el fuego esférico.
¿Qué me miráis atentos, viles árboles?
Fuentes a quien llamé cristales líquidos,
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¿por qué me retratáis y estáis mirándome
con este fuego y este ardor solícito?
Agora es tiempo de sacar los mármoles
de las entrañas de estos montes ásperos
y de romper la hiedra y los álamos,
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tejidos nidos de casadas tórtolas
y lazos que enredaron vides fértiles,
que es menester aquí concorde música
adonde todo es voces y es escándalo;
que a un triste y solitario hasta los pájaros
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causan disgusto y dolor intrínseco
saber se tiene desde el Tajo aurífero
al mar de España y las columnas de Hércules
que me miraron unos ojos fáciles
y quieren bien otro pastor más rústico.
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Si aquesto no es envidia de sus méritos
y que en venganza de esto voy con ánimo
de arder del Tajo las floridas márgenes,
los sembrados ajenos y domésticos,
y cuanto fuere de mi celo epítima,
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pastrores, loco estoy, loco está Ascanio.
¡Albanio quiere a Ismenia! ¡Ismenia a Albanio!