Celos, que decir que fueron
celos por disculpa sobra;
que celos bastan, amando,
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a volver una alma loca.
Viendo dilaciones tantas
en tan importante cosa
como era la conclusión
de estas infelices bodas,
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los tres remedios me dieron
que os dije, siendo yo propia
de aquella invención el dueño
y no tercera persona,
para que vuestra Ricarda,
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desdichada como hermosa,
en la nave de mi dicha
no fuese rémora sola.
Desterrarla no quisistes,
siendo, para la memoria,
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el mejor Galeno ausencia,
o voluntaria o forzosa.
En casarla os resolvistes;
pero, señor, ¿de qué importa
si la hablaste de secreto
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para que a ninguno escoja?
¿De qué sirve darle en dote
títulos, estados, honras,
si aspira, con vuestra alteza,
por ventura a la corona?
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¿Qué importa, si vuestros ojos
le enseñan a que responda
a todos “no”, como quien
escribe lo que otro nota?
Finalmente, yo tomé
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resolución lastimosa,
para matarla primero,
que a lo mismo se disponga,
si bien puede ser que sea
imaginación medrosa
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de mujer, que la más fuerte
susto de una espada toma,
y yo no pienso que soy,
como dicen las historias,
Lesbia, Tomiris, Cleopatra,
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Semíramis, y Cenobia.
Dese la muerte Lucrecia,
tráguese las brasas Porcia,
Tisbe se arroje en la espada,
Hero en la mar procelosa,
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que yo, puesto que el valor
entre los nobles me nombra,
más quiero guardarme sabia
que perderme belicosa.
Finalmente, yo fingí,
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tanto los celos provocan,
que paseando vos el bayo
por la carrera arenosa,
caballo español que Armindo
os trujo de Barcelona,
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que al de Aquiles y Alejandro
rinde en talle, afrenta en obras,
se estrelló con vos, de suerte
que todo Nápoles llora
a su muerto rey a voces
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trágicas,, que el aire asombran;
que de una parte el caballo
se tendió en el suelo, y de otra
quedastes vos, que Dios guarde
de que en tal peligro os ponga.
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En oyéndolo Ricarda
vivo dolor la despoja
de los sentidos en brazos
de Julia, Rugero y Flora.
Yo, viendo cubrir sus ojos,
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ya luces vuestras, de sombra,
y que el desmayo vertía
copos de nieve en sus rosas,
no admirada, aunque afligida,
de que el amor se interrompa
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entre la vida y la muerta
censos que en desmayos cobra,
disculpo el dolor, don Pedro:
que una dama generosa,
para no olvida jamás,
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solo una vez se enamora.
Amor es firme edificio,
no es camino que se torna
andar otra vez, ni al alma
segundo vestido corta.
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El que de quereros tuvo
bien es que naide le rompa,
que no son firmezas tales
firmas falsas, cartas rotas.
Quien os quiso bien, mi bien,
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no ha de mudarse en dos horas,
porque para amor tan justo
la vida más larga es corta.
Por Rugeros, por Orlandos,
por Estados, por lisonjas,
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fuera traición olvidar
fe tan pura y amorosa,
que lo que yo quiero bien,
¿qué deidad, que no señora,
no puede amar, aunque amor
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no siempre amor galardona?
Finalmente, la disculpo
por ser sujeto el que adora
digno de amor como el mío,
que en la eternidad se apoya.
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No condeno su firmeza;
pero, como estoy celosa,
quise pedirle a su muerte
que en tato mal la socorra.
Hice traer a Lucindo,
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de prevenida ponzoña,
un vaso, fingiendo ser
de aquella fuente sonora.
Tomó Ricarda el cristal
y, aunque bastara una gota,
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bebió el veneno inocente,
no Sofonisba animosa.
Fuese luego al corazón,
pesome y me pesa agora,
porque como en él os tiene
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como retrato que adora,
de sus molduras el alma,
a cuya imagen se postra,
pudiera, señor, mataros,
y defenderos me toca.
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Comenzó luego a temblar,
y, entre bascas y congojas,
tales palabras prosigue
pálida, mirando a todas:
“Quien pudo matarme le cuerpo
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no se alabe vitoriosa,
porque me ha dejado el alma,
que en don Pedro vive y mora.
Conmigo va donde voy,
que no hay cosa que interrompa
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la vida y el alma en quien
triunfos de la muerte goza.”
Aquí cayó desmayada,
y la sirvieron de alfombra
flores de un cuadro, y las flores
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lloraron por ella aljófar.
Perdiéndose los claveles,
y, a su color vergonzosa,
sucedió cárdeno lirio
en las mejillas y boca.
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Ansí, rosa alejandrina,
que el sol en su fuerza adora,
sobre sus verdes almenas
pliega las marchitas hojas.
Ricarda es muerta, en efeto,
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porque su hermosura estorba
y la paz del reino u la mía,
que con su sangre se compra.
Ya temo tu sentimiento,
aunque agora te reporta
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la razón y la justicia
con que este reino te cobra.
Yo soy Clarinda, su reina;
si de esta ofensa te enojas,
no perdones a mis celos,
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que a mí el amor me perdona.
Que yo con quedar vengada
tendré esta hazaña por gloria,
hasta que su muerte olvides
y que te adoro conozcas.